La playa de Oyambre, en Santander, en invierno. Un día de suave lluvia en el que la amiga con la que iba se quedó dormida en la arena bajo un paraguas, y yo me dediqué a fotografiar el mar protegiendo mi cámara bajo el abrigo que me puse sobre la cabeza. Nadie en la playa, el mar la lluvia finísima, y yo. Sentí la energía del mar llenándome, cambiándome, mejorándome. Una tarde inolvidable.