Hay momentos en que la vida no anuncia su llegada, simplemente aparece, luminosa e inevitable, desde el centro mismo del ser. Una flor que no pide permiso para abrirse — irradia, estalla, se derrama en luz dorada, rosa y verde sobre el azul profundo que la sostiene. No es el florecimiento como esfuerzo. Es el florecimiento como verdad natural del alma cuando finalmente suelta lo que ya no necesita y se permite ser lo que siempre fue.