En esta pintura, quise capturar la pureza y la fuerza interior a través de simbolismos cuidadosamente elegidos. El cordero, en calma pero presente, representa la inocencia y el sacrificio, mientras las flores y las ramas transmiten vida y renacimiento. Con óleo, busqué una textura vibrante que envuelve al espectador en un aura de misterio y serenidad, generando una conexión profunda con la espiritualidad y la naturaleza.