Esta obra presenta un mercado de lo invisible, donde un mercader espectral ofrece fragmentos de nostalgia como si fueran mercancía de lujo. La pieza critica la mercantilización del recuerdo en la era digital.
Bajo el rótulo de "microdosis de infinito", el cuadro nos enfrenta a una paradoja: en un mundo que lo registra todo, la memoria auténtica se ha vuelto un objeto de consumo caro, borroso y, en última instancia, fantasmal.