Una escena mínima cargada de tensión. Las figuras, apenas insinuadas, parecen disolverse en el horizonte o avanzar en grupo hacia un destino incierto. El color flota en veladuras suaves, casi etéreas, como si todo pudiera desaparecer en un segundo. Aquí la batalla es silenciosa: no hay estruendo, solo la espera prolongada que erosiona el cuerpo. Es el anticipo del desamparo, del riesgo de las mareas que traen lo bueno y también restos de naufragios.